
Fue en 1981 cuando la señorita Haydee (profesora normalista, hastiada y a punto de jubilarse), decidió cambiarme de pupitre (adoro esa palabra) bien cerca de ella porque yo no le atendía en clase. "Usted no me atiende", y tenía razón. En esos años me atormentaba la relación que mi nana mantenía con un mocetón que atendía un puesto en el mercado central de Talcastle. Ella me recogía a la salida de clases y de paso hacia el hogar provinciano aprovechaba de echarle una mirada al pretendiente. Yo intuía que algo del amor infinito que mi nana tenía por mi se filtraba hacia ese hombre rudo, silvestre que me decía "campeón" para dorarme la píldora cuando yo nunca fui campeón sino más bien lo contrario. Y eso yo lo tenía claro, porque uno de chiquitito es ubicado. Fue una temporada de torbellinos emocionales. Mi nana me dejaba de lado y la sonrisa maulina encantadora de su pololo me ponían a hervir los aparatos internos (en más de un sentido, ahora que hago memoria. El ser humano es un universo complejo).
La señorita Haydee nos hacía leer el libro Santillana en voz alta y nos adiestraba en rudimentos de la vida moderna, como cruzar la calle. Mi primer conflicto con ella fue por el tema de los semáforos. En el libro se le enseñaba al menor-pupilo-educando que debía atravesar la calle cuando había luz verde. El problema era que en Talcastle no había ningún semáforo para peatones como los que se dibujaban en el texto-guía y uno era tempranamente advertido de que se tenía que fijar en que diera luz roja para cruzar. Ella no me contradijo en mi observación pero me miró con el rostro encendido, a tono con su cabellera cobriza, escarmenada como una llamarada cromática. Sospecho que ella me quería y por eso me llamaba la atención sin que hubiera asunto. Porque uno no jodía, simplemente se distraía. Y también se aburría. Mi mamá me explicó que la señorita estaba a punto de jubilarse, que eso quería decir que en un momento iba a dejar de trabajar, se iba a ir para su casa y comenzaría a prepararse para la muerte "seguro con una pensión miserable", debió agregar. A mi mamá le gustaba recordar lo basureado que era el gremio del profesorado bajo las nuevas autoridades a las que simplemente caratulaba como "milicos" o "pacos". Ella --mi mami--- tuvo un fugaz paso por la escuela normal, en donde no hizo más que alimentar la certeza de que su vocación para tratar con niños era escasa, sino inexistente, en especial si había que enseñarle a "chiquillos ajenos". Para mi madre el rango de chiquillos ajenos comenzaba en sus sobrinos. Como yo era su favorito no tenía problema en decírmelo, comentar sobre guaguas feas, y compañeritos a los que "les faltaba". Mi mamá cuando quería decir que alguien era tonto, pero no le caía mal decía "le falta un poco", que casi siempre era mucho.
No recuerdo haber tenido amigos en esos años. Exceptuando la Fabiola que me seguía a todo sitio con su gesto de espanto permanente y Pablito que vivía en San Javier en la casa de los abuelos que tenían una panadería casi todo el resto del grupo-curso es un borrón sin nombre, anónimo y seguramente intrascendente. (Al único cumpleños que casi fui fue al de un compañero de apellido Pinochet, flaco, rubio pero cuya amistad no era promovida por mis padres entre otras cosas porque yo repetía sus conversaciones en las que la palabra Pinochet era asociada a reflexiones poco amistosas). Pero la marca más fuerte de esos años (luego cambiaría de ciudad y de colegio) era la idea de hacer fila o "formarse" para entrar a clases y el acto de los días lunes cuya finalidad educativa era apreciar los valores patrios: la bandera, la canción nacional, el copihue, el cóndor, el huemul, la empanada al horno y la escarapela que dicho sea de paso, nunca se la vi a nadie puesta.
Un acto consistía en mantenerse de pie y callado mientras alguna autoridad educativa recordaba lo bueno que era vivir en este país y no en otro. Faltar al acto era una anotación negativa, particularmente si era uno importante: algun natalicio de héroe, algún combate desastroso para conmemorar, o el día del Carabinero que podía extenderse la semana completa con actividades extraprogramáticas que incluían la visita de una autoridad de las fuerzas del orden, la entonación del himno de carabineros o una visita al Estadio Fiscal de Talca para admirarse de la destreza de los jinetes del Cuadro Verde o de los perros amaestrados. Orden y Patria estaba en el proceso de aprendizaje casi a la misma altura de Por la Razón o la Fuerza, ambas ideas muy vinculadas al concepto de "acto" o reunión sin otro sentido claro que el de cultivar la paciencia y la disciplina por la vía del aburrimiento, la majadería y el discurso adornado con palabras como "honor", "gallardía" o "patria" . Todo esto lo relato para introducir una duda, inquietud que puede ser desmesura en medio de un luto nacional. Yo me pregunto, muy sinceramente cómo es posible que en dos días un funcionario del que dificilmente alguien habría recordado el nombre se transformó en una especie de versión local uniformada de Lady Di, en donde la Princesa de Corazones muta en General del Pueblo. ¿Cómo fue que el General Bernales llegó a ser el General del Pueblo?. En qué minuto miles de chilenos fraguaron esa admiración desbordante que los llevó a lloriquear en el matinal, en el despacho en vivo, el noticiero central, el extra informativo, el boletín de prensa, repitiendo una y otra vez la letanía del hondo pesar, el profundo dolor, la pena sin límite y las reflexiones de que dios se lleva a los buenos y deja a los malos (lo que por cierto no habla muy bien ni de los vivos ni de la divinidad).
Yo al último paco que recuerdo era al de la junta que vino después de Mendoza y que fue el último eco de unos años que para mi significan la promoción desatada de la estupidez cívica a través de los establecimientos educacionales del país. Con todo el respeto que me merece la profesión del amigo en su camino y la natural pena de los deudos reales (familia, amigos, cercanos) yo creo que tanta popularidad súbita del finado no es más que aburrimiento de un lado y bastante estupidez, del otro. Sólo faltó que le preguntaran a Miguelito ---el niño delincuente más famoso de Chilevisión--- si no le daba penita lo ocurrido, si no sentía que le faltaba algo o si no querría dar un discurso para rellenar la transmisión en vivo que era como un acto de día lunes de esos en los que había que formarse y parecer bueno y decente tratando de rimar con la palabra patria y de soslayar una anotación negativa.